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FRENTE A LA CRUZ | Utilizando parábolas para revelarnos el reino de Dios, Jesús se encuentra con nosotros en nuestro propio terreno

Nuestra tendencia humana es alejarnos de Jesús avergonzados en lugar de aceptar su invitación

Escuchamos a Jesús hablar en parábolas varias veces esta semana. Él dice que el reino de Dios es como el terrateniente que fue a emplear trabajadores a diferentes horas del día. Él dice que el reino de Dios es como un rey que da una fiesta de boda para su hijo, y los invitados se niegan a asistir.

¿Por qué Jesús utiliza parábolas? El Catecismo de la Iglesia Católica explica: “Como un sabio pedagogo, Él se apodera de nosotros en donde estemos y nos conduce progresivamente hacia el Padre” (CIC 2607).

Jesús quería que su pueblo conociera la verdad, la verdad completa, acerca del reino. Sin embargo, decirles toda la verdad de una sola vez y en términos simples podría haber sido demasiado difícil para ellos. Por eso, al principio, Jesús habló en parábolas para comenzar a abrir sus mentes a esa verdad. Cuando alguien vino con preguntas de seguimiento acerca de las parábolas, eso le mostró que estaban listos para dar el próximo paso. Entonces, les dijo más — llevándolos un paso a la vez, en la medida que ellos eran capaces de recibir en su plenitud el plan de Dios.

Esto no solo es verdad con relación al trabajo de Jesús hace 2000 años. También es verdad en lo que se refiere a su interacción con cada uno de nosotros. ¡Jesús quiere nada más y nada menos que la plenitud del reino de Dios para todos nosotros! Sin embargo, Él no se avergüenza de encontrarse con cada uno de nosotros exactamente en donde estamos y donde quiera que estemos. Muy a menudo nos avergonzamos de permitirle a Jesús que entre en donde estamos, y nos alejamos de Él en lugar de correr a su encuentro en los lugares de nuestra vergüenza.

Hay una verdad y una falsedad en la vergüenza. La verdad es que hacemos cosas pecaminosas. Sabemos que no son correctas, pero las hacemos de todas maneras. Como resultado, no estamos en donde deberíamos y podríamos estar en nuestra relación con Dios. Lo sabemos, y estamos avergonzados por ello. No les voy a decir que no hay verdad en eso.

Sin embargo, hay una mentira que se une a esa verdad: que no estamos donde deberíamos estar, y por lo tanto Jesús no puede estar interesado en nosotros. Que no estamos donde deberíamos estar, y no podemos permitirle entrar hasta que lo estemos. En cada caso la primera mitad es cierta, y la segunda mitad es una mentira. Cuando aceptamos la mentira, esta nos impide aceptar la invitación de Jesús a “apoderarse de nosotros en donde estemos y guiarnos progresivamente hacia el Padre.”

La verdad es que solo permitiéndole a Jesús entrar en esos lugares es que vamos a ser sanados y mejorar. El estar conscientes de nuestros pecados es ya un signo que Él está trabajando, iluminando nuestra conciencia. El estar frustrados con nosotros mismos es ya un indicio que Él está trabajando, deseando algo más en y para nosotros. Estas experiencias son signos que Él está a la puerta y toca, justo donde estamos, dondequiera que sea ¿Le abriremos y permitiremos entrar para que nos ayude a limpiar nuestras miserias, o lo mantendremos esperando afuera mientras que tratamos de limpiarlas nosotros mismos?

Hermanos y hermanas, en esos lugares de vergüenza, les repito las palabras de San Juan Pablo II: ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!

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