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FRENTE A LA CRUZ | La gracia nos ayuda a cumplir la misión que Dios nos ha encomendado

Al igual que María, nuestra proximidad a la presencia de Jesús en la Eucaristía nos da fuerza

“Llena de gracia”. Decimos estas palabras muy a menudo, cuando rezamos el Ave María. También las escuchamos dos veces esta semana en el evangelio: una vez en la fiesta de la Inmaculada Concepción (que se celebra el 9 de diciembre de este año, no es día de precepto), y nuevamente en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe (el 12 de diciembre).

Estas tres palabras son simplemente una palabra en el evangelio en griego de san Lucas: kecharitomene. El término es un poco difícil de traducir, en forma interesante, nunca había aparecido en ninguna parte hasta ese momento — ni en la Biblia, ni en la literatura Griega.

¡Esto nos parece apropiado! Es una palabra singular para una persona única, María, y un evento único, la Encarnación.

La palabra significa algo como: “desde ahora, por siempre, y para siempre has recibido la plenitud de la gracia de Dios”. La palabra está conectada con el desarrollo del dogma de la Inmaculada Concepción. Decir que María fue concebida inmaculadamente es decir que la plenitud de la gracia de Dios no comenzó en un punto particular durante su vida. Mas bien, comenzó desde el mismo inicio de su vida, en el momento de su concepción. Si es demasiado afirmar que todo el dogma esta explícitamente conectado a una palabra griega, también es necesario decir: la palabra apoya esta conclusión, y apunta en esa dirección, y nos inicia en el patrón de reconocer explícitamente esta gran verdad de la fe.

En nuestra propia manera — aunque no con la misma plenitud de María — cada uno de nosotros es único, y se nos han otorgado gracias únicas para nuestras tareas en la vida. San John Henry Newman, quien fue recientemente canonizado, reflexionó sobre esto una vez cuando dijo: “Dios me ha creado para hacer algún servicio definido. Él me ha encomendado una obra que no le ha encomendado a nadie más. Yo tengo mi misión”.

En otro pasaje del evangelio de esta semana, la Visitación, se establece claramente lo que nos fortalece para cumplir nuestra misión. María llevó la presencia física de Jesús a su prima Isabel, y el niño de Isabel saltó de alegría en su vientre. Algo similar sucede en nuestras vidas. Jesús viene a nosotros — en una forma física en la Eucaristía (es decir, es realmente su cuerpo y su sangre), y en una forma espiritual en nuestra vida cotidiana. Y nuestros corazones saltan en su presencia — algunas veces con alegría, algunas con paz, otras con el coraje o la energía para cumplir una tarea difícil. Esto es lo que la Visitación recrea diariamente en nuestras vidas. Y la gracia de su presencia nos da la fuerza para cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado.

Dios quiere llenarnos a todos con su gracia, a cada uno en su propia medida. El mundo esperó un “sí” de María, y se benefició de él. El mundo también espera nuestro “sí” a la gracia de Dios, y se beneficiará de él, no importa cuán pequeños seamos al ser comparados con María.

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