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FRENTE A LA CRUZ | Permitámosle a la luz de Jesús vencer nuestros pecados

Esta semana, llevemos a Jesús nuestros defectos de carácter para que sean sanados

“Hemos pecado, hemos sido perversos y hemos hecho el mal; nos hemos rebelado y alejado de tus mandamientos y leyes.”

El profeta Daniel hablaba de Israel, pero muy bien podría ser de nosotros. Y ahí es donde quiero llegar esta segunda semana de Cuaresma: Hablemos de nuestros pecados.

En el Antiguo Testamento, los hermanos de José lo odiaban. Hicieron un complot para matarlo y lo vendieron como esclavo, pero la ley de la cruz hizo su trabajo: Las consecuencias de los pecados de sus hermanos chocaron con él, y se convirtió en el salvador de su familia.

La ley se cumplió en Jesús. Cuando Él les dice a los apóstoles que iba a Jerusalén a sufrir, morir y resucitar, lo que Él estaba diciendo era: “Las consecuencias de los pecados de todo el mundo caerán sobre mí, y me convertiré en el salvador de toda la humanidad.”

El pecado tiene algo que decir, y Dios le permite al pecado tener su opinión. Uno de los grandes errores de nuestro tiempo es suponer que el pecado no tiene nada que decir o que la victoria de Dios sobre él es automática. Sin embargo, la verdad tiene dos partes: Jesús puede vencer cada uno de los pecados. Su muerte y su resurrección nos muestran que no hay oscuridad que Él no pueda iluminar. Sin embargo, Él no lo hará sin nuestro consentimiento. Si no le permitimos a Jesús brillar sobre ella, entonces la oscuridad del pecado permanecerá en nosotros. Tenemos que decidir si Dios o el pecado tendrán la palabra final en nuestras vidas.

Las lecturas de la semana nos dan grandes oportunidades para reflexionar sobre las actitudes pecaminosas que impiden que la luz de Jesús venza el pecado dentro de nosotros. Por ejemplo, oímos acerca de la solicitud de Santiago y Juan de sentarse a la derecha y a la izquierda de Jesús en su reino. La ambición pecaminosa los había cegado a lo que Jesús estaba tratando de enseñarles acerca de la cruz. El hombre rico ignoró las necesidades de Lázaro. Entonces, cuando gritaba atormentado en la vida después de la muerte, la medida con la cual el midió a los demás fue la misma con la que él fue medido. Él fue ignorado y lo dejaron sufrir.

¿Puede usted nombrar un defecto característico — un deseo persistente, una acción habitual, una actitud dominante — que se convierte en ceguera? Tome una semana y piense acerca de eso. Piense en solicitarle a su familia y amigos que le ayuden a identificarlos. (Ellos lo deben saber mejor que nadie, porque las consecuencias probablemente caen sobre ellos). Entonces, lleve sus defectos a Jesús para que sean sanados.

Los recolectores de impuestos y los pecadores se acercaron a Jesús. Ellos sabían que necesitaban el remedio, porque sabían que estaban enfermos. Los fariseos, por el contrario, pensaban que no tenían ningún defecto. Su ceguera era precisamente el problema. Como no le permitieron a Jesús entrar, permanecieron en la oscuridad.

El pecado tiene algo que decir en nuestras vidas. ¿Quién dirá la última palabra, el pecado o Jesús? La decisión es nuestra.

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