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FRENTE A LA CRUZ | Los dones del Espíritu son las semillas del llamado de Dios

Cada una debe dar frutos en su propio tiempo y manera

Esta semana nos preparamos para Pentecostés. Para ayudar a prepararnos, la Iglesia, en su sabiduría, nos da dos imágenes y dos vidas sobre las cuales reflexionar.

San Cirilo de Jerusalén dice que el Espíritu Santo es como el agua. El agua, dice San Cirilo, “produce muchos efectos diferentes, uno en las palmeras, otro en los viñedos, y así sucesivamente en toda la creación… mientras permanece siendo esencialmente la misma, se adapta a las necesidades de cada criatura que recibe la vida.” Como el agua, el Espíritu Santo sigue siendo el mismo mientras otorga diferentes dones que deben dar diferentes frutos en nuestras vidas.

San Basilio dice que el Espíritu Santo es como la luz del sol. “Como la luz de sol, que impregna la atmósfera, se distribuye sobre la tierra y el mar, y todavía es disfrutada por cada persona como si fuera solo para esa persona, de la misma manera el Espíritu derrama su gracia en toda su medida, suficiente para todos, y todavía está presente como si fuera exclusivamente para cada persona que puede recibirla.”

Es fácil apreciar estas imágenes en esta época del año, cuando el agua y los rayos de sol dan vida a algunos de los frutos de la primavera, verano y otoño: cerezas y fresas, maíz y sandía, duraznos y manzanas. Cada uno crece de acuerdo a su propio tipo, cada uno madura a su propio tiempo; cada uno es glorioso a su manera. Lo mismo es verdad para los dones que el Espíritu Santo nos otorga a cada uno de nosotros. De nada sirve compararlos, aunque es una tentación constante. Es mejor permitirle a cada persona desarrollar sus dones, dando gloria a Dios a su propia manera.

Para ayudarnos a reflexionar sobre esta lección el Evangelio de esta semana considera las vidas de Pedro y Juan.

Después de obtener su triple confesión de amor, Jesús le dice a Pedro: “Cuando eras joven acostumbrabas a vestirte e ir donde querías; pero al crecer y hacernos mayores estiramos nuestras manos, y alguien más nos viste y nos lleva a donde no queremos ir”. Jesús está llamando a Pedro al martirio.

¿Y, cual es la reacción de Pedro? ¿Estaba agradecido que el Señor tuviese una llamada particular para él? ¿Estaba agradecido por esta oportunidad para seguir a Jesús íntimamente? No. Inmediatamente Pedro se volvió, vio a Juan y preguntó: “¿Qué pasa con él?”

La respuesta de Jesús es interesante. Él dijo: “y si yo quiero que él se quede hasta que yo regrese — ¿cuál es tu preocupación? Tú, sígueme.”

Su respuesta se comprende más fácilmente si seguimos las líneas expresadas por Cirilo y Basilio. Jesús está tratando de decir algo como esto: “Pedro, es como si las fresas preguntaran a las sandías si serán cosechadas al mismo tiempo y consumidas de la misma manera que ellas. Deja a cada uno ser sí mismo. Yo quiero que tú seas tú; deja que Juan sea Juan. Cada uno me dará gloria de su propia manera, y en su propio tiempo. Sigue mi llamada, no la compares con la suya”.

A medida que nos preparamos para Pentecostés, esta es una buena lección. El espíritu nos da diferentes dones. Estos dones son las semillas del llamado de Dios en nuestras vidas. La naturaleza y las Sagradas Escrituras nos enseñan una lección acerca de esas semillas: no tiene ningún sentido compararlas. Ellas están destinadas a dar sus frutos de acuerdo con su propia clase y en su propio tiempo.

Preparémonos para aceptar los dones del Espíritu, las semillas del llamado de Dios que son únicas para cada uno de nosotros.

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