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SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | Un gemido del espíritu puede transformarse en un lugar de oración

Las experiencias que llevan al gemido pueden transformarse en puntos de inflexión, lugares en los que volvemos nuestros corazones hacia Jesús

Queridas hermanas y hermanos en Cristo:

“Señor, escucha mis gemidos”. Estas palabras del Salmo 5 son el estribillo del salmo del lunes de esta semana y captan el sentido de la primera lectura. La esposa del Rey Acab, Jezabel, conspira para asesinar a Nabot porque Acab quiere tomar posesión del viñedo de Nabot. Podemos imaginar a Nabot gimiendo ante la injusticia; ¡nosotros también lo hacemos al leer acerca de eso!

Esa misma clase de gemido es en gran medida nuestra experiencia con el mundo de nuestros días, ¿no es así? Quizás es algo tan simple como que nuestro equipo preferido pierda el juego. Quizás es algo mucho más profundo, como los recientes asesinatos en Buffalo y Uvalde. Cualquiera que sea la ocasión, es una experiencia común en la que encontrarnos a nosotros mismos gimiendo por el estado del mundo. ¡Es útil conocer la experiencia reflejada en los salmos!

También es interesante pensar sobre lo que Pablo dice: “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Por ejemplo, cuando no sabemos que pedirle a Dios, el Espíritu mismo le pide a Dios por nosotros. El Espíritu habla con Dios a través de gemidos imposibles de expresar con palabras” (Romanos 8:26) ¿Podrían los gemidos que experimentamos ser una puerta a algo más profundo?

Si profundizamos un poco más, encontraremos estas mismas cosas en Jesús. Por ejemplo, cuando Jesús sana al hombre sordo, el Evangelio de Marcos dice: “Entonces Él miró al cielo y gimió, y le dijo ‘Efatá’ (que significa ¡Ábrete!)”. Algo similar sucede cuando llevan a Jesús a la tumba de Lázaro. Una traducción común nos dice que Jesús “se perturbó y se preocupó profundamente”. Sin embargo, la traducción literal es más impresionante: “El resopló en espíritu”. Es una variación de la misma realidad: un quejido demasiado profundo para expresarse en palabras.

Bien sea un correo electrónico, una llamada telefónica, una situación familiar o algo en las noticias, el mundo a menudo nos lleva a ese lugar del gemido. A menudo, no sabemos lo que hacemos con esa experiencia o adónde vamos con ella. Damos un gemido, y ese es el final.

Podemos aprender algo del hecho que vemos la misma experiencia en Jesús, y San Pablo nos dice que eso mismo puede ser un don del Espíritu.

¿Qué aprendemos? Que la experiencia del gemido puede transformarse en un lugar de oración. Si lo vemos en sí mismo, el gemido es simplemente la experiencia de que nos quiten el viento que impulsa nuestras velas. Sin embargo, esa experiencia puede también ser un punto de inflexión, un momento para volver nuestros corazones a Jesús.

Si volvemos nuestros corazones hacia Jesús en ese momento, encontraremos algo notable. Cuando le abrimos nuestros corazones, Él abre su corazón hacia nosotros. Entonces, en lugar de encontrarnos solos en el gemido, podemos tomar fuerza de Él para soportarlo — no porque nosotros mismos tengamos la fuerza, sino porque Jesús nos presta la suya.

Ser capaces de tomar la fuerza de Jesús en el medio de todas las cosas que nos hacen gemir — es un gran regalo. ¡Y que gran regalo sería si, al haberlo experimentado en nosotros mismos, pudiéramos volvernos a nuestro alrededor y ofrecerle esa fuerza al mundo!

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