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SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | Nuestra respuesta a las palabras duras requiere integridad

Jesús perdió seguidores cuando les ofrecía enseñanzas que eran un desafío, pero Él no suavizó sus demandas

Queridas hermanas y hermanos en Cristo:

“Esto que he dicho es duro; ¿quién puede aceptarlo?”

Durante toda esta semana, leeremos de Juan 6, en el, Jesús da el discurso del pan de vida. Él dice, en términos inequívocos: “A menos que ustedes coman de la carne del Hijo del Hombre y beban Su sangre, no tendrá vida dentro de sí”

Confrontados con estas duras palabras algunos, como Pedro, creen en Él y permanecen como Sus discípulos. Otros, encontrando sus palabras demasiado duras, se alejaron: “Como resultado de esto, muchos de sus discípulos regresaron a su antigua manera de vida y no caminaron más con Él”.

Esto nos ayuda a considerar una característica curiosa del mundo actual: ¿Cuántas personas creen que pueden tener las dos cosas, rechazar las palabras duras, y todavía considerarse Sus discípulos?, pero eso realmente no funciona. Nunca lo hace.

Para responder adecuadamente a este error, tenemos que aclarar dos cosas. Primero, ¡Jesús nunca dejó de invitar a las personas a seguirlo! Él siempre estaba dispuesto a buscar “cobradores de impuestos y pecadores”. Él siempre estaba dispuesto a darle la bienvenida al hijo pródigo. De esa manera, Jesús era muy suave.

Sin embargo, en segundo lugar, hay palabras duras y decisiones difíciles de tomar. Jesús nos invita a todos a seguirlo, pero nunca pretende que todos los que reciben la invitación sean discípulos. Él nos deja la escogencia a nosotros — aceptar las palabras fuertes o rechazarlas. De la misma manera, Jesús fue muy duro.

Y no solo fue en el discurso del pan de vida. A través del Evangelio de San Juan, vemos a Jesús conducir una serie de conversaciones extensas y duras — por ejemplo, con Nicodemus, con la mujer en el pozo y aun con Poncio Pilatos. Jesús está siempre dispuesto a entablar una conversación y hacer la invitación, pero nunca suaviza sus palabras duras. Y siempre le deja la decisión a la persona: seguirlo o alejarse de Él.

De forma similar, en cada época, la Iglesia ha tenido que mantener algunas palabras duras: acerca de que Jesús es ciertamente divino, acerca del lugar de las imágenes (iconos), acerca de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, acerca del papa, la Inmaculada Concepción y la Asunción, acerca del aborto, el propósito de la sexualidad humana y muchos otros temas. En cada época, algunas personas han permanecido con Jesús y otras se alejaron de Él.

Me pregunto si hemos perdido algo de esa integridad, como invitados y como seguidores. El mundo quiere que suavicemos las demandas, pretender que no hay dichos y escogencias duras. Sin embargo, esa no era la manera de Jesús, y no puede ser la nuestra.

San Atanasio, cuyo día de fiesta celebramos esta semana (el 2 de mayo), conoció este patrón en su propia vida. Él estuvo presente en el primer gran concilio ecuménico, el Concilio de Nicea en el año 325, el cual definió la divinidad de Cristo. Atanasio fue Obispo de Alejandría por 45 años después del concilio. Fue exilado cinco veces, por un total de 17 años, porque él se decidió por los dichos duros del Concilio de Nicea en contra de aquellos que querían suavizar la escogencia, hacer a Jesús más que humano, pero menos que divino.

El mundo de hoy presiona a los creyentes a comprometer la fe al evitar los dichos y selecciones duras. Nuestra respuesta necesita un profundo examen de conciencia — ¿Hemos escuchado? — y un crecimiento en integridad, como evangelizadores y como discípulos.

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