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SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | La santidad de Dios es el estándar para nuestra acción

Dios no espera hasta que seamos santos para amarnos; Él nos ama para que lleguemos a ser santos

Queridas hermanas y hermanos en Cristo,

Las lecturas de la primera semana completa de cuaresma están organizadas sobre temas que nos ayudan en nuestra jornada de cuaresma.

Uno de los temas más importantes está indicado por el hecho de que las frases al inicio y cierre de la semana convergen en el mismo punto. En la primera frase, de Levítico 19:2, Dios les dice a los israelitas: “Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo”. Es un cargo poderoso: ¡La santidad de Dios debe ser el estándar para la santidad de Israel! En la frase final, de Mateo 5:48, Jesús dice: “sean perfectos, así como nuestro Padre celestial es perfecto”. Jesús retoma y refuerza el punto: la santidad de Dios es el estándar para nuestra acción.

El tema de la perfección y la santidad, sin embargo, a veces se enfatiza de manera incorrecta, como si Dios no nos amara hasta que seamos perfectamente santos. Afortunadamente, el resto de las lecturas de esta semana nos dan una comprensión diferente de cómo debemos entender el llamado a la santidad.

El profeta Ezequiel ayuda a aclarar el punto. Por un lado, dice: “Si el hombre maligno se aparta de todos los pecados que cometió… Ninguno de los crímenes que cometió será recordado contra él”. Por otro lado, dice: “Y si el hombre virtuoso se aparta del camino de la virtud para hacer el mal… Ninguna de sus obras virtuosas será recordada”.

La gente en el antiguo Israel había comenzado a considerar su relación con Dios como una especie de libro mayor: Dios pagaría una recompensa por cada buena acción y exigiría un pago por cada mala acción. Ezequiel le estaba diciendo a la gente: Nuestra relación con Dios no es un libro de contabilidad. Se trata del corazón. Y el cambio del corazón es lo principal que capta la atención de Dios.

El arrepentimiento de Nínive, del que oímos hablar esta semana, es un ejemplo perfecto. La gente de Nínive tuvo muchas malas acciones en el lado del débito del libro mayor, y Jonás anunció que el pago vencía. Pero entonces toda la ciudad se arrepintió. Dios vio el giro de sus corazones y perdonó la deuda.

Este tema es retomado y perfeccionado en la vida de Jesús, quien no dudó en llegar a los pecadores. De hecho, ¡toda la Encarnación fue un acercamiento a los pecadores! Del mismo modo, en su ministerio, Jesús no esperó hasta que las personas fueran perfectas para amarlos. Él los amaba primero. Y porque Él los amaba, se acercó a ellos con la esperanza de cambiar sus corazones. Su acercamiento fue tanto una invitación como una promesa: Si te alejas del pecado, si te vuelves hacia mí, entonces tú y yo caminaremos juntos por el largo camino hacia la perfección, y mi amor hará posible que llegues allí.

No hay que comprometer esta verdad bíblica: la meta de Dios para nosotros es la perfección. Pero eso tiene que ir acompañado de otra verdad bíblica: Dios no retiene Su amor hasta que seamos perfectos. No, Él concede Su amor para que podamos llegar a ser perfectos.

¿Podemos aprender a mantener ambas verdades juntas, tanto en nuestros propios corazones como en la forma en que compartimos el Evangelio con los demás? Si podemos, entonces podríamos tener una Cuaresma que sea a la vez alegre y desafiante, y compartir las buenas noticias con otros será una invitación poderosa e intrigante.

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