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SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | El camino a la autenticidad e integridad requiere discernimiento

Seguir simplemente todos nuestros deseos, sin discernir de dónde vienen, puede llevarnos a la ruina

Queridas Hermanas y Hermanos en Cristo,

¿Debemos seguir nuestros deseos?

Por favor has una pausa y considera, por un momento, como responderías a esa pregunta — porque nuestra respuesta determinará en gran parte como será nuestra cultura.

Los capítulos 6,7 y 8 de la Carta de San Pablo a los Romanos — que leeremos esta semana — pueden comprenderse como una mirada detallada a nuestros deseos. Una de las cosas que San Pablo dice es: “No permitan que el pecado reine en sus cuerpos mortales, obedeciendo a sus malos deseos.”

Algunos de nuestros deseos están enraizados en el pecado. A la luz de lo que sabemos: seguir simplemente nuestros deseos conduce a la ruina.

Otros deseos, sin embargo, están enraizados en nuestra humanidad tal como Dios la creó. Tenemos deseos por los alimentos, porque los necesitamos para sobrevivir. Tenemos deseos de conocimiento, porque fuimos hechos para conocer a Dios. Tenemos deseos de amistad, porque fuimos hechos para la comunión con Dios y con los demás. Por causa de nuestra humanidad caída, cada uno de estos deseos tiende a salirse de la raya — el deseo de alimentos puede transformarse en glotonería, el deseo de conocimiento puede transformarse en la voluntad de poder, el deseo de amistad pude transformarse en manipulación. Sin embargo, los deseos en sí mismos son buenas cosas. Así que tenemos que hacer dos cosas a la vez: responder a los deseos y mantenerlos a raya.

Finalmente, durante una semana en la que celebramos a San Lucas Evangelista, a los Mártires Jesuitas Norteamericanos, y a San Juan Pablo II, también debemos nombrar el deseo de la gracia para hacer conocer el Evangelio — un deseo que viene simplemente de Dios. Muchos de nosotros experimentamos esa clase de deseo en nuestra vocación: Dios nos da deseos por el matrimonio, o por el sacerdocio, o por la vida religiosa. Es verdad, hay sacrificios implicados en cada vocación — hay ciertos deseos a los que debemos renunciar para seguir nuestra vocación, pero cuando Dios nos da una vocación, nos da el deseo de esa vocación, porque es lo que él desea para nosotros. En ese sentido cada vocación es una miniatura de la Agonía en el Huerto: nosotros sacrificamos un grupo de deseos legítimos con la finalidad de conseguir un conjunto de deseos más grandes y profundos.

Nuestra cultura tiende a decir: “Sigue tus deseos. Es el camino a la autenticidad”, pero eso es un error. Consideremos la parábola del Hijo Pródigo: el siguió sus deseos, simple y completamente. ¿Cómo le fue con eso? Este es el patrón que nuestra cultura está tomando. ¡Tenemos que ofrecer a nuestros niños una visión mejor y más profunda de autenticidad que esa!

Nuestros deseos son una mezcla. Están parcialmente enraizados en la naturaleza humana, en el pecado y en la gracia. Esa no es solo una doctrina Católica elegante, ¡es una experiencia humana! El patrón de la autenticidad e integridad, entonces, requiere discernimiento. Tenemos que clasificar nuestros deseos — preguntar de dónde vienen, y a donde nos llevan. Una vez que los conocemos podemos decidir si debemos seguirlos de todo corazón, seguirlos manteniéndolos bajo control, o colocarlos en el altar como algo que necesita sacrificarse.

Venimos tanto de Adán como de Cristo. Entonces: ¿debemos seguir nuestros deseos?

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