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SIRVAN AL SENOR CON ALLEGRIA | La historia de la salvación nos enseña que Dios siempre gana

La simple experiencia humana nos dice que todo menos Dios se desgasta tarde o temprano y seguramente nos decepcionará

Siento ser un aguafiestas, pero se cómo resultará esta elección: ¡Dios ganará!

¿Creemos realmente eso, o estamos en peligro de colocar demasiadas esperanzas en las cosas mundanas? Las lecturas de esta semana nos desafían con esta verdad desde cualquier punto de vista. No importa el resultado terrenal, nuestra esperanza esta puesta en última instancia en Dios.

Así, por ejemplo, tenemos el Día de Todos los Santos el domingo, seguido del Día de Todos los Difuntos el lunes, y luego el Día de la Elección el martes. La misma secuencia nos plantea una pregunta: ¿Dónde ponemos nuestras esperanzas? ¿Las ponemos en última instancia en Jesús y en nuestro destino eterno, o tenemos que confesar que — si juzgamos por la manera en la que empleamos nuestro tiempo y energía — hemos colocado nuestras esperanzas en los partidos políticos?

No solo es la fe la que nos enseña a poner nuestra esperanza final solamente en Dios. Leamos el libro del Eclesiastés. La simple experiencia humana nos dice que todo menos Dios se desgasta tarde o temprano y seguramente nos decepcionará. La semana de las elecciones es un momento importante para recordar eso.

Esta semana, por lo menos tres veces, los Salmos nos invitan a contemplar “la casa del Señor”. El Salmo 23 manifiesta un punto de fe en una situación de temor: “Habitaré en la casa del Señor por los años venideros”. El Salmo 27 habla de eso como nuestra única gran esperanza: “Una sola cosa le pido al Señor, esto es lo que quiero: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida”. El Salmo 122, el salmo de los peregrinos llama nuestra atención con su estribillo: “Vayamos gozosos a la casa del Señor”

Así como si Dios lo hubiese planificado de una manera especial para nosotros, durante esta semana, nuestra mirada se dirige a algo más importante y duradero, a la casa del Señor, y no a la Cámara de Representantes, al Senado y a la Casa Blanca. Necesitamos permitir que el mensaje resuene en la profundidad de nuestros corazones.

San Pablo nos dice que deberíamos tener la actitud de Jesús. Jesús se humilló a si mismo al hacerse humano, y se humilló a si mismo al morir en la Cruz. Precisamente por eso Dios lo engrandeció para que “al Nombre de Jesús se doble toda rodilla.” Frente a lo que parecía la derrota más devastadora de la historia humana — ¡La muerte de Dios mismo! — Dios obtuvo la victoria más grande que podamos imaginar. Es difícil pensar en una lección más oportuna.

El día después de la elección, algunos de nosotros vamos a sentir que hemos ganado una gran victoria, y algunos de nosotros sentiremos que hemos sufrido una perdida devastadora. En términos mundanos, ambos sentimientos serán lo suficientemente verdaderos. Sin embargo, las lecturas de esta semana nos llevan a medir nuestras esperanzas más allá de un horizonte humano, y a medirlas más bien con un horizonte celestial.

Esta semana permítanme recordarles lo que la historia de la salvación nos enseña una y otra vez, y de manera muy especial en la Cruz: no importan los resultados en términos humanos, Dios siempre gana. Esa es nuestra fuente más profunda de esperanza.

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