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FRENTE A LA CRUZ | Permita que Dios entre en su vida; Él hará el trabajo necesario

La sabiduría del Señor se vierte en nuestros corazones y se mueve dentro de nosotros

“Es ahora o purgatorio, tú decides cuando quieres enfrentar esto.”

Conozco un director espiritual que algunas veces presenta esta opción a las personas que dirige. Es un reto muy poderoso, reconociendo tres cosas a la vez: lo que Dios trata de hacer con la vida de la persona, la libertad de la persona para responder, y que tarde o temprano es inevitable enfrentar el tema.

Durante toda la semana nuestras lecturas serán tomadas del libro de la Sabiduría, y hemos recibido bellas descripciones de cómo la sabiduría del Señor se vierte en nuestros corazones y se mueve dentro de nosotros. “En sabiduría un espíritu es inteligente, santo, único…transparente, inmaculado…benefactor, amable, firme, seguro, tranquilo”, etc. La descripción anticipa la forma en la que san Pablo habla de los frutos del Espíritu en Gálatas 5: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, gentileza y así sucesivamente.

Este es uno de esos pasajes en los que las sagradas escrituras nos enseñan acerca de nuestra propia experiencia. Esos momentos en los que nos movemos a la quietud, paz, alegría, reconciliación, etc, son momentos en los que el Espíritu del Señor se mueve en nosotros.

Sin embargo, si la sabiduría se vierte constantemente en los corazones humanos de parte de Dios, aún tenemos la capacidad de nuestra parte de decir sí o no. La imagen clásica es muy útil: cuando se vierte el agua, tenemos que voltear nuestra copa para recibirla. Si mantenemos nuestra copa boca abajo el agua simplemente se derramará, y eso no es culpa del agua.

El salmo 119, que leemos esta semana, nos da una lección útil para recibir el Espíritu del Señor. Utiliza una estructura muy deliberada, recorrer el alfabeto hebreo una palabra a la vez. Cada estrofa comienza con la letra apropiada, y cada verso dentro de esa estrofa lo hace con la misma letra. Adicionalmente, cada verso contiene una palabra en hebreo correspondiente a “instrucción” (palabra, verdad, ordenanzas, estatutos, etc)

El salmista lo hace intencionalmente, trabaja con la ley de Dios en cada rincón y grieta del salmo. ¿Somos nosotros tan intencionales acerca de permitir que el Espíritu de Dios entre en cada aspecto de nuestras vidas?

Sin embargo, hay una tentación cuando tratamos de hacerlo: tratar a Dios de la misma manera en la que tratamos a nuestros huéspedes humanos, intentando arreglar toda la casa antes de que lleguen nuestros huéspedes. Con Dios, se necesita hacer exactamente lo contrario: ¡Dejar entrar a Dios, y permitirle hacer la limpieza!

Sin embargo, para hacer eso, tenemos que permitirle la entrada a Dios en nuestras vidas cuando todavía están desordenadas. ¡Eso puede ser difícil!

Tarde o temprano tenemos que permitirle a Dios entrar en las cosas desordenadas, porque muy pocos de nosotros seremos perfectos al momento de nuestra muerte. El catecismo nos dice lo que sucederá en ese momento: “A todos los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero su purificación aun no es perfecta, tienen asegurada la salvación eterna; pero después de su muerte necesitan pasar por un proceso de purificación, de manera de poder alcanzar la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.”

En otras palabras, nosotros tenemos que permitirle a Dios entrar, tarde o temprano. Ya sean primero las cosas grandes y las pequeñas más tarde, o las pequeñas primero que llevan a las grandes cosas, ¡nada será pasado por alto!

Entonces, ¿cuándo quiere permitirle a Dios entrar en los aspectos desordenados de su vida? Es ahora o en el Purgatorio. Y si usted decide que no quiere permitirle entrar en las cosas desordenadas de su vida, simplemente recuerde que fue su elección estar separado de Él.

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